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“Las imágenes se han vuelto peligrosas”

Hagamos un ejercicio. Le diré una palabra y usted cerrará los ojos por unos segundos, intentando visualizar, más que todo, aquellas imágenes registradas que guarda su cerebro; la palabra es “guerra”. Es una búsqueda que no requiere mucho esfuerzo, seguramente por tener recuerdos y pensamientos de sucesos recientes. En lo personal, el resultado de mí “memory-search” proyecta todas relacionadas con el antes y después de una Ucrania en guerra. Lo aterradora que puede ser y lo normal que se vuelve.

“¿Por qué deberíamos mirar estas fotografías de horrores lejanos si no somos capaces de hacer nada con lo que muestran las imágenes?»

Susan Sontag

Sobre cómo es posible almacenar y recuperar esos recuerdos a través del cerebro humano, es algo que todavía no se conoce a cabalidad. Sin embargo, en El cerebro entiende lo visual, la doctora Ana García Abad, menciona que el “90% de la información que procesa el cerebro es visual. De ahí que seamos capaces de recordar el 80% de las imágenes, y únicamente el 20% del texto, o el 10% del sonido. Además, nuestro cerebro procesa la imagen 60.000 veces más rápido que el texto”, comentó.

Foto: Geralt

Seguramente, coincidimos en no querer almacenar o recordar imágenes desagradables y tristes. Mucho menos vivir situaciones de tal magnitud. Entonces, ¿Es posible olvidar intencionalmente? Puede sonar contradictorio, pero la ciencia nos dice que sí, esto por medio de estrategias y terapias para impedir que los recuerdos negativos afecten la vida. Por ejemplo, “Si quieres olvidar algo, es útil recordarlo primero”, nos dice Natasha Bray en su artículo Recordar para olvidar.

Si bien es cierto que nuestra tendencia es a olvidar, en algunas circunstancias resulta un tanto difícil hacerlo. Más cuando trabajamos con las fotografías, noticias o simplemente se vive conectado a las redes sociales; donde la producción y el consumo de imágenes es agobiante.

En este sentido tenemos mucho que aprender de Joan Fontcuberta, en especial con su obra La furia de las imágenes, en donde nos advierte que hemos perdido la soberanía sobre las imágenes y nos alienta a recuperarla, “La sobreproducción actual está provocando una inmersión casi asfixiante. Por eso creo que las imágenes se han vuelto peligrosas, incluso furiosas, y que requieren una actitud de resistencia por parte de intelectuales y artistas. La sobreabundancia de fotografías es también una forma de censura, porque nos impide encontrar lo que necesitamos. La censura tradicional consistía en prohibir una imagen; ahora bien, la censura consiste en darte una imagen y diez millones más para que se oscurezca la que buscas”, dijo.

Las imágenes son generadoras de recuerdos, y cuando estos son negativos, pueden tener consecuencias impredecibles. El documental La vida me supera, es un ejemplo de lo antes mencionado. Narra la vida de cientos de niños traumatizados y refugiados en Suecia, que sufren del síndrome de la resignación. Una especie de mecanismo de defensa contra situaciones muy estresantes provocadas por las incertidumbres.

La Dra. Teresa Sánchez (2020) en su artículo Síndrome de resignación. Trauma migratorio, somatización y disociación extrema, cuenta que “El misterioso síndrome de resignación, que ha implosionado sobre todo en Suecia, y que afecta a niños de entre 7 y 19 años, es descrito y analizado como reacción somática y disociativa extrema ante el riesgo al trauma de la devolución al país de origen, tras serles negado el permiso de residencia a los padres. Estupor catatónico, coma, mutismo, abandono y laxitud son algunos de sus síntomas, que pueden durar meses y años”.

Relacionado con estos hechos, recordemos el trabajo del fotoperiodista Magnus Wennman de las hermanas Djeneta y Ibadeta, refugiados gitanos de Kosovo, quienes sufren el síndrome de la resignación, la cual fue premiado por el concurso de fotoperiodismo World Press Photo en el año 2018. En la imagen, podemos observar a ambas postrada en cama y con una sonda adherida a la nariz, Djeneta sin responder durante dos años y medio, y su hermana Ibadeta durante más de seis meses, en Suecia.

Las hermanas Djeneta y Ibadeta. Foto: Magnus Wennman

Nuevamente, oportuno el trabajo de Susan Sontag Ante el dolor de los demás, plantea las cuestiones de la responsabilidad y autoridad. “¿Por qué deberíamos mirar estas fotografías de horrores lejanos si no somos capaces de hacer nada con lo que muestran las imágenes?” por supuesto, las impresionantes fotografías de guerra proveen un valor ético y evidencia la memoria colectiva de una nación. Y agrega: «Tales imágenes… [son] una invitación a prestar atención, a reflexionar, a aprender, a examinar las racionalizaciones del sufrimiento masivo que ofrecen poderes establecidos. ¿Quién causó lo que muestra la imagen? ¿Quién es el responsable?”.

En conclusión, las emociones y los sentimientos son imprescindibles en nuestro día a día, y las imágenes están ahí, acompañándolas para que las observemos. Es importante preguntarnos ¿por qué fotografiamos? Y no vale responder que nos gusta, hay que profundizar en el por qué lo hacemos. Ese hacer debe ir acompañado de responsabilidad porque las imágenes son poderosas y pueden influir en el espectador de diferentes maneras.

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