Ella, oráculo de umbrales, me legó una advertencia como quien entrega un talismán antiguo: no des un paso fuera de la intemperie sin ceñirte el escudo, no dialogues con el mundo desnudo de defensas.
Y yo, insensato cartógrafo de vientos, le respondí desde la arrogancia de lo invisible: tranquila, hay una respiración nueva en el aire, una promesa que no conoce filo.
Salí, entonces, con el pecho abierto como una puerta sin bisagras, creyendo que la luz era inofensiva, que el mundo había olvidado la violencia de sus propios pulsos.
Pero hoy —hoy— el horizonte se volvió emboscada.
No vi venir las balas: eran sílabas endurecidas, eran gestos que se fragmentaban en plomo, eran antiguas sombras que aprendieron a disparar desde la claridad.
Me alcanzaron.
No en la carne únicamente, sino en ese territorio más frágil donde uno todavía cree.
Y ahora yazco en este interregno, entre la herida y su lenguaje, en lenta restitución de lo que fui antes del impacto, zurciendo con paciencia de invierno los bordes de mi propia intemperie, mientras comprendo, tarde, inevitablemente, que el escudo no era contra el mundo, sino contra la ingenuidad de pensar que el mundo no hiere.

