El fin de semana, entre amigos, música moderada y conversación animada, volvió a aparecer ese tema que parece inevitable en cualquier reunión: el reguetón. No estaba a todo volumen, no era una discoteca, pero bastó que sonaran un par de temas para que se activara la discusión. Yo dije algo que muchos piensan, pero pocos se atreven a verbalizar en voz alta: no escucho reguetón. No por purismo musical ni por nostalgia, sino por dos razones muy concretas, lo que dicen muchas letras sobre las mujeres y la manera en que se articula el lenguaje.
No niego que algunos de los primeros éxitos del género me resultan escuchables; forman parte de cierta memoria colectiva de fiesta. Pero lo que hoy domina las listas y los algoritmos me resulta difícil de tolerar: letras que cosifican, denigran o reducen a la mujer a carne disponible; intérpretes, incluidas mujeres, que terminan participando en esa desvalorización; y una dicción atropellada, masticada, donde el lenguaje se vuelve una masa difusa que, al menos en mi cabeza, entorpece la motricidad fina de la palabra y suspende el intelecto de manera casi inmediata. Esa música, pienso, está dirigida a un público específico, con códigos y expectativas particulares. Lo respeto, pero no lo comparto.
¿Estar “actualizada” es aplaudirlo todo?
Uno de mis amigos reaccionó con una frase que seguramente no me dijo solo a mí: “No estás actualizada, tienes que aceptar la realidad. Si un artista tiene cinco Grammys ganados, por algo es”. La escena me dejó pensando: ¿en qué momento estar “actualizado” se convirtió en sinónimo de celebrar sin matices todo lo que la industria premia? Premios como los Latin Grammys reflejan tendencias, poder de mercado, capacidad de producir hits; no necesariamente profundidad artística, riqueza poética o responsabilidad ética en el discurso.
La industria ha coronado como grandes ganadores a artistas urbanos y del reguetón en categorías principales, lo cual evidencia el peso del género en la economía del entretenimiento. Pero confundir popularidad con calidad es una trampa antigua. Hoy el algoritmo amplifica aquello que se baila y se repite fácil, no aquello que necesariamente enriquece el lenguaje o complejiza la mirada sobre el mundo. Estar al día, para mí, no implica renunciar al derecho de filtrar, de decir “esto no me nutre”, incluso si reina en las plataformas.
No soy la única que percibe un problema en ciertos mensajes. Desde hace años, estudios de análisis crítico del discurso han demostrado cómo en muchas letras de reguetón la mujer aparece como objeto, nombrada con diminutivos o apodos (“gata”, “mami”, “abusadora”), asociada a la sumisión o a la disponibilidad sexual, mientras la figura masculina encarna el poder, el dominio y la capacidad de infligir daño. Un estudio académico venezolano de María José Gallucci, publicado en Opción (Maracaibo, abril 2008), analiza el discurso del reguetón y destaca cómo expresiones como “agárrala, pégala, azótala” —presentes en canciones como ‘Gasolina’ de Daddy Yankee— se naturalizan en un contexto rítmico bailable, volviendo lúdica la violencia simbólica que, de otra forma, sería inaceptable en el habla cotidiana.
No es casual, entonces, que surjan reacciones en el campo artístico. Fito Páez, por ejemplo, lanzó una crítica contundente al reguetón: lo calificó de música “misógina” y llegó a decir, en una frase que se volvió viral, “no bailen reguetón, boludas, porque todo contra lo que vos estás peleando está escrito ahí”. Más allá del tono despectivo y de los problemas evidentes de esa formulación (un hombre diciéndole a las mujeres qué deben bailar y cómo deben militar sus luchas), hay en el fondo algo que resuena: la idea de que hay una contradicción entre pelear derechos y celebrar, sin cuestionamiento, letras que reproducen la misma lógica que se intenta desmontar.
Sin embargo, la reacción contra Páez fue inmediata: se lo acusó de machista, de arrogante, de no entender las apropiaciones que muchas artistas urbanas hacen del género para resignificarlo. Críticas feministas y antirracistas señalan que demonizar el reguetón como “el problema” invisibiliza que casi todos los géneros han objetivado a las mujeres, desde la ópera hasta el rock, y que muchas mujeres afrolatinas han encontrado justamente en el reguetón un espacio de agencia y poder. La discusión, entonces, no es sencilla.
Hay otro nivel, menos discutido, que tiene que ver con la experiencia subjetiva del lenguaje. Más allá del contenido explícito, lo que me incomoda del reguetón contemporáneo es la manera de decir: una dicción que se apoya en la eliminación constante de consonantes, en el arrastre de sílabas, en la repetición de muletillas, al punto de que, al escucharlo, siento que se produce una especie de adormecimiento lingüístico. El cuerpo se mueve, sí, pero la palabra se desdibuja.
No se trata de exigir que todo tenga pronunciación de escuela de teatro; los lenguajes populares siempre han jugado con la deformación creativa de la lengua. Pero cuando esa deformación se vuelve norma, y va acompañada de letras donde la mujer se reduce a un cuerpo disponible y el hombre a un sujeto que “perrea” y “controla”, algo se desconecta en mi cabeza. Siento, literalmente, que el intelecto se suspende. No porque bailar sea incompatible con pensar, sino porque, en este caso, lo que se baila está tan cargado de lugares comunes, de violencia simbólica y de vaguedad verbal que mi deseo es retirarme de esa fiesta interior.
En ese sentido, quizás el problema no es tanto lo que dijo Fito Páez, sino desde dónde lo dijo: un hombre blanco, consagrado, hablando desde la autoridad del rock hacia un género popular, racializado y asociado a sectores históricamente marginados. Su frase “no bailen reguetón, boludas” reproduce un tono paternalista que, paradójicamente, se parece mucho al mismo gesto que critica: decirles a las mujeres cómo deben mover el cuerpo y cómo deben luchar. Mi discrepancia con el reguetón no me autoriza a vigilar el placer ajeno.
Volvamos a la escena inicial: “Tiene cinco Grammys, por algo es”, dijo mi amigo. Claro que esos premios no son insignificantes; condensan trabajo, marketing, producción, un sistema enorme de profesionales del sonido, del video, del vestuario. Pero si reducimos la conversación estética y política a la lógica de los premios, quedamos atrapados en una visión de la cultura donde el valor se mide por números: views, reproducciones, certificados de platino, estatuillas doradas.
Tal vez la discusión que necesitamos no es si el reguetón “es arte” o “es basura”, sino qué lugar ocupa en nuestra dieta simbólica. ¿Qué tanto espacio le damos, con qué filtros lo consumimos, qué otros lenguajes dejamos de escuchar cuando todo alrededor suena igual? Aceptar la realidad no significa renunciar al criterio. Puedo reconocer que el reguetón domina el mercado global y, al mismo tiempo, elegir oponerle otras músicas, otras palabras, otros silencios.
No se trata de prohibir, sino de ejercer el derecho a decir “esto no es para mí” sin que eso nos convierta automáticamente en viejos, desactualizados o elitistas. En un mundo donde todo parece empujarnos al consenso del algoritmo, preservar la disidencia del gusto quizás sea una de las formas más sencillas —y más profundas— de seguir pensando.

